
La redactora oficial i el suport moral de l'Espai Isidor se'n van de vacances. A reveure!!!!

Mi abuelo pertenecía a esa generación que había asistido al nacimiento del cinematógrafo, y tal vez por eso, por haber visto las cosas antes que el cine, se sometía mal a la mera representación de las cosas. Los que crecimos con el cine, por la misma razón, soportamos mal la realidad.
Ray Loriga: Días aún más extraños. Ed. El Aleph.


A tot l'Estat hi ha 4.299 pantalles destinades a l'exhibició cinematogràfica, de les quals només 135 duen a terme projeccions en versió original. De les pantalles de versió original, 100 es concentren a Madrid i Barcelona, i en moltes ciutats aquest tipus de projecció es només testimonial, gràcies que un dia a la setmana es decideix projectar algun títol comercial. A Catalunya, la situació també és kafkiana, ja que a banda de les 46 pantalles que hi ha a Barcelona, només el cinema Truffaut de Girona figura com a sala estable en versió original. En alguna ciutat hi ha projeccions en versió original esporàdiques. Arran d'aquesta situació, el contrast amb Veneçuela resulta significatiu.
Des de fa temps, estic convençut que un dels principals problemes que ha travessat l'exhibició a l'Estat no és cap altre que la ignorància política. S'ha deixat que el cinema funcionés enterament des d'una política mercantilista privada, i no s'ha pensat a dur a terme una política cultural encaminada a protegir l'exhibició i a permetre que circulin determinades obres amb tota comoditat. Sempre he pensat que de manera semblant a com es va fer amb el món del teatre, els ajuntaments haurien pogut adquirir locals vells per remodelar-los i transformar-los en cinemes públics d'ús cultural. Aquesta política hauria promogut la possible creació d'un circuit d'art i assaig que protegís un determinat cinema de qualitat, que lluités per la difusió de les obres entre el públic jove i acabés consolidant noves polítiques. Si analitzem la situació, veurem que com a contrapartida, molts de municipis de l'Estat han preferit fer una política de festivals que permeti als polítics de torn poder-se fer una fotografia amb una determinada estrella. El resultat és paradoxal, ja que hi ha festivals per donar i per vendre, però en canvi no hi ha cap circuit estable. Alguna cosa hem d'acabar aprenent-ne, d'Hugo Chávez.




Muy pronto supe que mi misión consistiría en salvar a la realidad de su facticidad. La realidad tiene la consistencia de una gelatina espesa. He visto gente dispuesta a tragar-se ese postre indigesto, y me ha producido horror. Aprendí a despreciar la contingencia en las películas. El cine fue para mí la experiencia de lo absoluto, desde que acudía a él de la mano de mi madre. Yo desaparecía en la oscuridad de la sala, para aparecer como protagonista en la pantalla. Qué malestar cuando volvían a encenderse las lámparas! En la calle volvía a ser un supernumerario. Había sido despojado bruscamente de mi importancia. Ya no era necesario, sino excedente. En las películas había necesidad, existía el porvenir, los sucesos se desarrollaban con la precisión e inexorabilidad de una melodía y al final, mágicamente, milagrosamente, coincidían el beso de los protagonistas y el gran acorde del piano.
Tenía veinte años cuando conté al Castor mi descubrimiento. Mostraría a todos que la contingencia es una dimensión esencial del mundo y que la belleza es la única salvación. Mi experiencia estética infantil se convirtió en un criterio ontológico que me obligó a vivir en un mundo escindido. El cine se oponía a la calle; ser protagonista a ser supernumerario; la irrealidad de las palabras a la realidad de los otros; en una palabra, la belleza se oponía a la contingencia, la necesidad a la existencia. Todo lo que existe nace sin razón, se prolonga por debilidad y muere por casualidad. Es un compendio de todo lo despreciable. Es lo viscoso. Por el contrario, la obra artística es el Ser, la juventud permanente, firme, pura, idéntica, irrevocable. Es el mundo donde los círculos, los aires musicales, la expresión acerada, guardan sus líneas puras y rígidas.




Autoridades en la hierba
¿En qué se parece una rueda de prensa de Mediapro a las de algunos partidos políticos? En que no se aceptan preguntas. Bromas aparte, la magna concentración de medios de comunicación ayer por la tarde en los jardines del hotel Miramar es de esas cosas que uno, francamente, no acaba de entender. En ausencia de los protagonistas de su nueva película, Woody Allen se limitó a soltar un breve y cansino monólogo acerca de lo mucho que le gusta Barcelona, del inmenso talento de todos esos actores y técnicos españoles cuyos nombres ignora y de cómo lo rodado aquí será su carta de amor a nuestra hermosa ciudad. O sea, un cúmulo de vulgaridades bienintencionadas cuyos principales receptores eran, tal vez, esos políticos que le rodeaban y que, a falta de Javier Bardem, Scarlett Johansson y Penélope Cruz, se convirtieron en las estrellas de la velada.
Su proliferación era tema muy comentado entre toda la gente con la que uno se cruzaba por los jardines del Miramar. ¿Impresión más generalizada?: la de que, entre todos, estamos haciendo el cateto que da gusto con la presencia de Woody Allen en Barcelona. ¡El hombre solo pretende rodar una película! ¿Es preciso aplicarle ese tratamiento de santo laico venido de allende los mares a bendecir nuestra querida ciudad?
Pase con la presencia de Josep Huguet: alguien le tiene que explicar a Woody el hecho diferencial catalán (que, sin duda alguna, le interesa sobremanera). Es muy probable que Xavier Trias, eterno aspirante convergente a la alcaldía, tuviera la tarde libre. ¿Pero era necesaria la asistencia a un acto tan inane del conseller de Cultura y de la ministra del ramo a nivel español? Ya puestos, ¿alguien se explica la ausencia de las autoridades religiosas y militares? ¿Tenía su majestad don Juan Carlos una buena excusa para no acudir a la merendola de Jaume Roures?
En fin, como allí no había mucho más que hacer que escuchar los discursos de los políticos (que Allen encajaba, cual incomprensible ruido de fondo, con la mirada clavada en el suelo y las manos en los bolsillos), esquivar la solanera y pillar algún canapé, la gente (entre otros, Carles Flavià, Mercedes Sampietro, Paco Mir, Mikimoto o Manuel Huerga) deambulaba con cara de no saber para qué se les había convocado. Y la prensa, sin derecho a hablar, grababa y escribía en silencio, aparentemente ajena a la evidencia de que en ese marco incomparable no había la menor noticia.
